Llego tarde, llego tarde,
llego tarde. Siempre llego tarde. Cada vez llego tarde. Iterativo de presente. Tengo
una puntualidad que da asco, me decís a las 8 y a las 7:55 estoy esperando en
la puerta. La reunión es a las 9, pero llego puntual solo yo y hay que esperar
quince minutos para que caiga alguien más y media hora para que la reunión
comience. Y así y todo llego tarde. Siempre llego tarde. Me corren con
puntualidades, con punteos, con contrapuntos competitivos compartidos. Yo ya
estuve, yo ya hice, yo ya llegué, yo ya fui y vine, me dicen. Y yo ni me saqué
el piyama para ir todavía. Estoy pensando a dónde voy, a dónde quiero ir, y ni
siquiera tengo resuelto de dónde vengo. Qué actos éticos y estéticos. Llego
tarde. Siempre llego tarde. A veces no llego. Porque sé que llego tarde,
entonces ni llego, me arrepiento en el camino, me vuelvo, no sé para qué me
saqué el pijama. Llego tarde, mis ganas llegan tarde, mi deseo llega tarde. No
quiero todo, no quiero más, quiero querer lo que quiero, pero es poco y no
alcanza, no califica como querer, como deseo. Qué es el amor? Dónde está? Quiero
mi deseo, pero la respuesta es el deseo del otro, superador, abarcador,
acaparador, pasado, ya gastado, viciado, no puedo más que desear sobre la
huella de otros deseos, ya gastados, baqueteados. Cada vez que busco mi deseo.
Siempre que encuentro mi querer. Iterativo de presente.
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