
A mi padre le gustan “las películas con agua”. Como buen hijo de mi padre, necesito estar en contra de él en todo y por eso opto por no tener un gusto temático sino más bien estético, para hacerme el vivo nomás. Mi padre va al videoclub y dice “Quiero una película con/de agua”. Así es que allá por el 2000 alquiló
Ahora volvamos al tema que nos ocupa, la playa de Leo diCaprio y la aurea aetas hesiódica. Como dice mi padre “una película necesita tener verde y azul”. Esta película tiene verde y azul pero también tiene videojuego, porque el inglés éste que hizo Transpoiting es medio flashero y, según expertos, gusta retratar vidas al límite, vidas que prefieren vivir aunque eso los lleve a morir antes que tener una vida muerta aunque larga, algo así como un destino heroico pero sin héroes sino con drogones flasheros que están en cualquiera. Hay gente que se me acerca y me dice “esa película es una mierda”. No voy a discutir tal afirmación.
Di Caprio, como un Pistetero cualquiera, va en busca del paraíso perdido, físico (la playa) y político (la anarquía) y no encuentra un choto porque diCaprio es un tarado y además “de grande se puso feo”, como dice mi amiga, la doncella N. C., que prefiere los maduritos, una o dos arrugas y eventuales canas (policías no, pelo blanco).
Lo que pasa es que ese ideal anacrónico de la playa es imposible desde el vamos, los hombres no pueden vivir según la naturaleza y, como nos lo hace notar Boyle (el inglés éste que hizo Transpoiting), necesita de jabones, maquillajes, tampones, pilas para el discman, o el último número de Playboy. El ideal comunitario, de la naturaleza dadora del sustento necesario, de la pura justicia, la vida natural en taparrabos y el coito indiscriminado es una utopía irrealizable. Toda la culpa no la tiene diCaprio.